┼ Escritos y pensamientos de una alma inquieta ┼

Un lugar donde todo es posible...

sábado 20 de noviembre de 2010

Labios de Sangre VII

Mirabelle abrió la puerta. Una pequeña escalera que conducía a las entrañas del castillo se presentaba ante ella.

Todo era oscuridad, no sabía si su antorcha aguantaría mucho más tiempo encendida.

No se lo planteó dos veces. Si había conseguido llegar hasta allí no podía darse la vuelta ahora.

Comenzó a descender con cautela y llegó al último escalón sin que eso supusiese cambio alguno a su alrededor.

La antorcha iluminaba ténuemente y Mirabelle pensó que no duraría mucho tiempo.

Inició su recorrido por el estrecho pasillo que se abría a su izquierda. Encontró más escaleras a su derecha que descendían aún más pero algo le decía en su interior que debía seguir adelante.

Ya casi extinta su única fuente de luz, vislumbró una puerta diferente a las demás aunque por su tamaño pareciese normal, la madera era de color muy oscuro y un intrincado dibujo ocupaba toda su superficie. Aquello le trajo a la memoria la llave que aún seguía guardada en su bolsillo.

Buscó dentro y la observó.

Por fin había encontrado la puerta que tanto ansiaba hallar, por fin la tenía frente a ella. Ahora no podía dudar.

Introdujo la llave en la cerradura, esta giró con facilidad y abrió la puerta.

Una estancia iluminada con velas y pequeñas lamparillas de aceite se extendía ante su mirada.

Techos altos, alfombras con ricos dibujos aunque de oscuros colores, muebles ostentosamente adornados con tallas que semejaban bellas obras de arte. Todo parecía sacado de épocas pasadas, era al mismo tiempo decadente y hermoso.

Mirabelle avanzó por la estancia y depositó su antorcha sobre una de las pequeñas mesas que se encontraban que se encontraban más cerca de sí.

Se aproximó a las altas estanterías y allí observó libros que nunca hubiese imaginado que podría llegar a ver. Desde antiguos tratados clásicos procedentes de eruditos de Grecia y Roma hasta las más modernas novelas de literatura que abarcaban todos los géneros posibles, pasando por libros escritos en todas y cada una de las épocas históricas conocidas a lo largo de todo el mundo, Europa, Asia, América, África y Oceanía.

Sus ojos no dejaban de mirar aquí y allá, intentando absorber cada imagen que se le presentaba.

Todo era tan... bello y al mismo tiempo mostraba una soledad abrumadora.

Mirabelle intentó imaginar cuánto tiempo habría podido pasar Sr. Kenneth, su apuesto vampiro, allí encerrado, en la soledad de las frías entrañas del castillo, huyendo de la fatídica luz del día esperando que el oscuro manto de la noche lo arropase todo para poder salir al mundo exterior. No podía evitar pensar que aquel ser maravilloso que ella intentaba encontrar era un asesino, aunque en su mente trataba de excusarlo argumentando que necesitaba matar, que necesitaba la sangre de sus víctimas para sobrevivir, al igual que los seres humanos matamos a los animales para extraer de ellos el alimento necesario.

Sr. Kenneth le había indicado en su carta que todo aquello le pertenecía pero el interés de la chica se centraba en ese momento en buscar un inicio de su paradero, necesitaba encontrarlo, costase lo que costase.

No había nada a la vista que llamara su atención en cuanto al paradero del vampiro, así que su lógica la llevo al escritorio.

Sobre la antigua mesa labrada no había absolutamente nada.

Sólo un tintero abierto y una pluma manchada con tinta que había dejado su marca en la madera.

Observó los cajones y uno de ellos le llamó poderosamente la atención.

En la parte superior de la cerradura, grabado en la madera, se encontraba el mismo símbolo que se hallaba grabado en la puerta de entrada.

Intentó abrir el cajón sin lograrlo por lo que cogió la llave y la introdujo en la cerradura. Esta giró con facilidad y el cajón se abrió mostrando lo que con tanto celo guardaba.

Mirabelle miró su intenrior.

Depositado sobre un fondo de terciopelo rojo se encontraba un libro. Un hermoso libro de encuadernación sobria.

La joven miró aquel objeto que sostenía entre sus manos como si de un tesoro de valor incalculable se tratase. En ese libro estaban las respuestas que tanto ansiaba.

jueves 25 de febrero de 2010

Labios de Sangre VI

Mirabelle esperó paciente a que esos seres desaparecieran entre los tupidos árboles del oscuro bosque, llevando a Sr. Kenneth con ellos.

La joven no sabía cuando debía salir de su escondite. No conocía el alcance de aquellos seres. Esperó paciente unos minutos más que a ella le parecieron horas. Salió sigilosamente de entre los matorrales y se dirigió a la puerta por la que había salido Sr. Kenneth custodiado por el cortejo de seres que lo mantenían apresado. Pasó su mano suavemente sobre la madera ajada y con tan solo un leve impulso se abrió, los seres la habían dejado abierta.

Todo estaba oscuro, no se podía percibir nada. Esperó paciente unos segundos hasta que su mirada se habituó a la oscuridad que imperaba en el interior del castillo. Cuando sus ojos pudieron distinguir con cierta claridad lo que allí había solo pudo ver un amplio pasillo que a ella le pareció interminable, aunque eso bien podía ser producto de la oscuridad reinante.

Respiró profundamente y consiguió armarse del valor suficiente como para comenzar a andar e irse adentrando poco a poco en el castillo. Se repetía constantemente que Sr. Kenneth no le habría pedido que se adentrase en el castillo si supusiese un peligro para ella. A cada paso que daba más se incrementaba la oscuridad existente. Aún así continuó con su avance hasta llegar a una pequeña sala en la que había abiertas dos ventanas por las que entraba la tenue luz lunar. La sala estaba sin amueblar, sólo se encontraba a la vista la fría piedra.

Mirabelle avanzó y pudo vislumbrar en el fondo de la sala lo que a ella le pareció el contorno de una puerta, se acercó a ella, estaba entreabierta, empujó y esta se abrió sin emitir sonido alguno. Mirabelle franqueó la puerta con mucho sigilo y cuál fue su desconcierto que en el mismo instante en el que puso un pie al otro lado se encendió una antorcha, que se encontraba colgada a cierta altura en la pared de piedra desnuda.

Sintió el poder que allí se concentraba. Sintió la presencia de Sr. Kenneth, al recorrer una pequeña distancia se encendía otra antorcha y se apagaba la anterior. Cuando ya comenzaba a creer que no encontraría lo que buscaba encontró otra puerta, esta vez situada a su izquierda.

-¿Será esta la puerta?- se preguntó Mirabelle en un susurro- No, no lo creo. No está marcada con el símbolo de la llave.

Antes de decidirse a traspasar aquella puerta intento proseguir hacia delante por el pasillo pero las demás antorchas no se encendían, sin embargo las dos antorchas que se encontraban situadas a ambos lados de la puerta continuaban encendidas.

Mirabelle entendió aquel hecho como una señal para que continuase por ese camino, así que se dispuso a cruzar la puerta al otro lado.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Labios de Sangre V

Mirabelle no podía creer lo que estaba leyendo.

El misterioso vampiro no la había atacado por casualidad, la había estado observando desde hace tiempo y ella no se percató de ese hecho en ningún momento.

Estaba confusa.

¿Cómo debía sentirse? No encontraba respuesta.

Miró a través de la ventana y pudo comprobar que aún faltaban un par de horas para el alba. El vampiro le había escrito que lo apresarían momentos antes del alba y aún quedaba algo de tiempo, ¿le daría tiempo a llegar? Tenía que intentarlo.

Se lanzó apresurada hacia su armario y se cambió, no pensó en la ropa que cogió, se peinó un poco y cogió la llave que Sr. Kenneth le había mandado.

Intentó hacer el menor ruido posible al salir de su casa, ya que si la oían salir a esas horas sí que se encontraría en apuros. Suerte que la casa era antigua, de anchos muros de piedra y grandes dependencias, así los ruidos debían ser muy fuertes para poder ser oídos en la segunda planta, donde se hallaban las habitaciones.

Corrió todo lo deprisa que pudo por las calles oscuras del pueblo pero la maleza que crecía salvaje en los bosques entorno al castillo la impidieron seguir avanzando con igual rapidez. Aún así no se detuvo, siguió decidida su marcha hacia la morada de su misterioso vampiro.

Cuanto más cerca se encontraba, más crecían los nervios y la impaciencia dentro de ella.

Ya se encontraba muy cerca cuando comenzó a oír algunos sonidos, al ir acercándose pudo comprobar que esos sonidos no eran otra cosa que voces, voces hermosas y delicadas que hablaban en susurros. Sin embargo, algo había en las voces que a Mirabelle no gustó.

Escondida entre la maleza Mirabelle observaba a aquellos extraños. Sus ropas atrajeron su atención pues vestían largas capas de colores oscuros que sólo podían distinguirse entre ellos mínimamente a la luz de la luna, sus manos se encontraban cubiertas con guantes y las capuchas de sus capas caían sobre sus cabezas, ocultando con una sombra sus rostros aunque vagamente podía entreverse el reflejo de la escasa luz de la luna en sus ojos.

Mirabelle esperó, no conseguía reunir el suficiente coraje como para salir de su escondite, además aquellos eran los seres de los que tanto hablaba Sr. Kenneth en su carta. Aquellas criaturas parecidas a humanos, al menos en lo poco que se podía percibir de ellas, debía tener cuidado.

En ese instante la puerta frente a la que esperaban todas las criaturas se abrió.

De ella salieron tres criaturas más, semejantes a las de fuera; en ese instante Mirabelle comprendió que era demasiado tarde, entre aquellas tres criaturas se hallaba Sr. Kenneth. Las manos atadas pero aún así la cabeza erguida, mirada desafiante frente a su destino, sin mostrar ni un ápice de vergüenza, duda o miedo ante lo que le aguardaba; su porte sereno, signo de su gran orgullo, permanecía intacto, aún en aquellas circunstancias.

Su manera de comportarse en aquellos momentos, que en otra persona podría haber sido indicio de altanería en él no era otra cosa que elegancia y honor.

Al salir del interior del castillo el resto de criaturas que había esperado fuera se colocó a su alrededor, formando una siniestra comitiva.

A excepción de las manos atadas a la espalda de Sr. Kenneth, aquello parecía el séquito que escoltaba y guardaba la seguridad de un gran señor.

Mirabelle observó el lúgubre cortejo que se desplazaba con sutileza sobre el camino, tanto que parecía no rozar siquiera con sus capas la tierra que pisaban. Era tal la desenvoltura que cualquiera hubiese dicho que eran almas en pena vagando por los caminos de este mundo, arrebatadas del mismísimo cielo por la envidia de los ángeles, ya que solo con la elegancia de su porte podían rivalizar con ellos, los hermosos ángeles, creaciones directas del Señor.

La misteriosa procesión desapareció entre los árboles del bosque que rodeaba el castillo, ya que el camino escogido se internaba directamente en su espesa oscuridad.

jueves 9 de julio de 2009

Labios de Sangre IV

Mi amada Mirabelle:

No encuentro palabras para expresarte el profundo agradecimiento que siento por lo que hiciste.

Con tu acción no pudiste matarme de forma definitiva pero me libraste de una enorme carga que soportaba desde hacía siglos.

No te habrá sido muy difícil deducir lo que soy. En efecto soy un vampiro, un inmortal, un no muerto, un Hijo de la Sangre.

Ojala no me juzgues por lo que intenté hacer. Conoces las razones de nuestra raza para atacar a los humanos. No voy a intentar justificarme por mi actuación pero al menos así espero que tus ojos no me vean como un asesino sanguinario y sin piedad.

La tenue luz que desprende una vela ilumina estas palabras y me hace evocar el reflejo de las estrellas en tus ojos.

Hay tanto que me gustaría decir, tanto que me gustaría contar y que quiero que sepas… Pero el Señor del Tiempo parece haberse vuelto en mi contra. Pronto vendrán en mi busca.

Desconozco mi destino una vez me apresen, por eso te dejo esta carta. Un dolor me atraviesa el alma, como una espada atraviesa un cuerpo mortal, me acompañará, al no poder hablar contigo y verte una vez más.

Junto a esta carta te dejo mi marchito corazón y esta llave.

Ignoro el fin que le destinarás pero si de algo puedo estar seguro es que no te desharás de ella. Aún así te confiaré lo que guarda.

Tras la puerta encontrarás mi morada. Mi lúgubre y oscura morada, donde he habitado desde que llegué al mundo de la sangre. Esta puerta no te será difícil hallarla pues en su superficie de vieja madera tiene tallado un idéntico símbolo al que puedes ver en la llave. Dicha puerta podrás hallarla en una de las torres del castillo que se encuentra ubicado en los lindes de la colina. Tengo la completa seguridad de que muchas veces te habrás preguntado el por qué nadie se acerca y muestran tanto temor hacia el castillo. Aquí tienes tu respuesta.

Para encontrar la puerta deberás dirigirte a la torre norte, la más fría y oscura, pero no busques arriba, ve hacia los sótanos, antes de llegar a la última dependencia encontrarás lo que has ido a buscar.

Allí hallarás lo necesario para cumplir tu deseo, salir de tu casa y del pueblo. Todo lo que allí hay ahora es tuyo, puedes hacer lo que quieras con ello. Sólo te pido una cosa, conserva lo que encontrarás en un pequeño joyero de madera oscura que está sobre el escritorio. Es mi bien más preciado, lo único que conservo de mi vida mortal. Deseo que tú lo guardes.

Me queda poco tiempo y he de entregarte esta carta.

Su aviso expresaba claramente que todo terminaría antes del alba, en ese momento empezaré a convertirme en un efímero recuerdo perteneciente a tu pasado del que no volverás a tener noticias.

Es triste, aunque cierto, pero aún así no quiero que olvides que estarás en mis pensamientos hasta el último momento. Si he de morir, será con el susurro de tu nombre en mis labios, Mirabelle.

Hasta siempre, mi dulce rosa mortal.

Kenneth McCormick.

viernes 19 de junio de 2009

Labios de Sangre III

Durante largo rato permaneció observando la ventana, absorta, pensativa, y en ese estado se dirigió hacia ella.

No entendía por qué fue hacia la ventana, no había nada allí fuera, pero era un impulso fuerte lo que la hacía ir hacia allí, un acto no premeditado que la acercó a la ventana, que la llevó a abrirla y a contemplar la calle.

Mirar sin un por qué, observar lo que allí ocurría.

Sentada en el alféizar veía la estrecha y lúgubre calle, pero a Mirabelle lo que realmente le atraía era aquella casa frente a la suya, el tejado de esta casa. Allí su cautivadora y terrorífica criatura la había observado en la noche anterior.

No esperaba descubrir nada especial ni nuevo pero aún así lo miraba.

¿Esperaba que aquél tejado le diera alguna pista sobre el morador de la noche?

Tonterías.

Pasaron las horas y avanzó la tarde. El crepúsculo la sorprendió sentada aún en el alféizar de la ventana. Su amplia gama de colores, amarillos, anaranjados, rojos, violetas, azules y por último el intenso negro de la noche que avanzaba. Las estrellas, poco a poco, hicieron acto de presencia iluminando el cielo con su tenue y pálida luz.

Mirabelle no entendía por qué sentía esa imperiosa necesidad de sentarse en su alféizar y mirar, pero…¿mirar a qué? Era, más bien, como si estuviese esperando, aunque siempre acudía a su cabeza la misma pregunta: ¿esperar a qué? … ¿o a quién? ¿Acaso esperaba a la criatura? Aquel vampiro seductor que había intentado acabar con su vida la noche anterior estaba muerto. Ella vio cómo caía a sus pies convertido en cenizas y para convencerse de esto tocó la placa que le colgaba del cuello.

Cayó la noche.

Mirabelle, sentada en el alféizar de la ventana, continuaba su vana observación.

Su mente le decía que era inútil seguir allí pero había algo que la hacía permanecer quieta, incapaz de moverse.

A la hora común, su madre acudió a su habitación para avisarla de que la cena ya estaba lista.

Mirabelle no bajó. No tenía hambre.

Cuando la noche avanzó, Miraelle no pudo seguir luchando contra el ciclo natural del cuerpo humano y comenzó a sentirse cansada, el sueño estaba ganando la batalla y decidió acostarse.

Las horas en las que reina la oscuridad avanzaron.

Era ya madrugada cuando Mirabelle se despertó sobresaltada. Aquel acto le trajo a la mente el recuerdo de la noche anterior. Apresurada, se levantó de la cama y corrió a la ventana que abrió con la esperanza de volver a encontrar al vampiro en el mismo lugar.

Pero…Nada. Allí no había nada.

Desilusionada, se dejó caer en el alféizar y llevó su mano al cuello para tocar la dorada placa. ¡No estaba! Su placa había desaparecido. Ella recordó el momento en el que la había colgado de su cuello. No tenía ninguna duda; sin embargo, no estaba. Buscó entre la camiseta que usaba para dormir pero no la encontró.

Se dirigió a la cama, tal vez había caído mientras dormía. Tampoco estaba. Miró bajo la almohada, entre las sábanas,… Deshizo completamente la cama pero tampoco halló nada.

La desesperación comenzó a hacer presa de ella. Comenzó a buscar por toda la habitación. No se encontraba ni en la mesilla de noche, ni en los cajones, ni en el suelo,… Pero al dirigirse al armario para buscar entre las ropas un reflejo proveniente del escritorio llamó su atención. Se acercó y allí vio la placa con su cadena. Una sensación de alivio y alegría la invadió despejando la densa sombra de angustia que había sentido momentos antes.

En ese instante se percató de algo a lo que no le había prestado la más mínima atención momentos antes. Bajo la placa se hallaba un sobre.

Mirabelle se acercó al escritorio y encendió la lámpara mientras se sentaba en la silla frente a este.

Volvió a poner la cadena alrededor de su cuello, prestando cuidado al abrocharla. Cogió el sobre y lo observó. Sintió un ligero peso dentro de este.

Mirabelle estaba nerviosa, no sabía que encontraría en el sobre ni de quién podía ser, lo que sí era cierto es que el sobre se veía viejo, el papel, amarillento por el paso del tiempo, no era en absoluto parecido al que se podía encontrar ahora. Tal vez lo que había dentro le traería problemas.

Después de meditarlo durante unos momentos la curiosidad pudo con ella y se decidió a abrirlo.

Con un antiguo abrecartas que había encontrado olvidado en uno de los muchos baúles que había en el sótano abrió el sobre de papel.

En el interior del sobre había una carta y al sacarla, calló sobre el escritorio una llave.

Mirabelle observó la llave. Parecía vieja, aunque su conservación era buena. El metal no estaba oxidado y tampoco presentaba malformación. Su antigua estructura era hermosa.

Mirabelle cogió la carta y comenzó a leer. Lo que en ella había escrito con una elaborada y perfecta caligrafía la dejó atónita.

domingo 26 de abril de 2009

Labios de sangre II

Mirabelle durmió profundamente arropada por la oscuridad de su habitación después de la afrenta con el vampiro.

La placa que le colgaba del cuello era fría y podía sentir perfectamente su tacto contra su pecho al respirar.

Estaba agotada.

Al despertar percibió que el día ya había avanzado considerablemente por los rayos de luz intensa que se filtraban a través de las celosías de madera y los visillos que cubrían su ventana. Durante la noche había estado perdida en un mundo de sueños y de posibles que ahora al despertar no conseguía evocar de nuevo.

Se incorporó de entre la calidez de sus sábanas de fino hilo, herencia familiar que había pasado de madres a hijas cuando estas aún eran adolescentes y de las cuales Mirabelle se sentía orgullosa de haber heredado de su madre. Pensando en qué podía haber soñado estaba cuando recordó que la noche anterior no había recogido el espejo roto ni el trozo de espejo ensangrentado con el que había acabado con la vida de aquel siniestro ser bebedor de sangre.

En la noche se había sentido tan cansada que no pensó en recogerlo y, directamente, se acostó. Pero al mirar hacia donde debería haber estado el desastre observó que no había nada. No estaba el espejo roto, ni el trozo con la sangre, ni siquiera algún resto de sangre seca que formase una mancha sobre el suelo de su habitación… No había nada. Todo se encontraba totalmente limpio y el espejo hecho añicos había desaparecido. En ese momento recordó que su madre solía entrar a despertarla cada mañana para que bajase a desayunar, aunque en fin de semana la dejaba dormir un poco más de lo acostumbrado los demás días por no tener que ir a las clases. Tal vez había sido al entrar a despertarla cuando vio el destrozo y lo recogió. Ahora tendría que responder ante el interrogatorio de preguntas preocupadas de su madre…

Resignada, se levantó y caminó descalza sobre el frío suelo hasta su armario. Cogió unos vaqueros y un chaleco cualquiera, no le apetecía pensar lo que iba a ponerse.

Pensando en una escusa para el espejo roto y la sangre de este y del suelo, se vistió y se dirigió al baño; allí se miró al espejo y vio su reflejo que le devolvía una mirada completamente perdida en el infinito, sus ojos eran de un color verde profundo, su pelo oscuro era demasiado liso como para molestarse en hacer otra cosa que no fuera cepillarlo, no había manera de darle vida alguna, y si alguna vez tenía la suerte de conseguirlo apenas le duraba unas horas. La oscuridad de su pelo contrastaba con el color de su tez pálida, y no le importaba que lo fuera, es más, le gustaba. No quería parecerse a las demás chicas del pueblo que ocultaban su piel clara y su pelo oscuro con maquillajes u tintes. Le agradaba resaltar esa piel clara con ropas oscuras por lo que vestía la mayoría de las veces de riguroso negro, aunque a veces intercalaba algunos toques de color, siempre oscuros, como rojos, violetas, etc…

Mirabelle lavó su cara, cepilló su pelo y se dirigió a las escaleras de madera y piedra que conducían al pasillo por el cual llegaría al salón. Al llegar al salón no encontró a nadie, en la chimenea aún se conservaban los restos de la hoguera que había crepitado la noche anterior hasta la madrugada y pronto volvería a ser lo que fue en la noche.

Se dirigió a la cocina, allí su madre lavaba los cubiertos del almuerzo. La cocina era antigua, como todo en la casa, y en el pueblo en general, así que carecía por completo de electrodomésticos y demás comodidades.

Entró en la estancia y se dirigió directamente a la alacena. Quería comer, tenía hambre, no había desayunado ni almorzado.

No dirigió la palabra a su madre pero, sinceramente, le daba lo mismo, nunca se había llevado muy bien con esta a causa de lo que ella consideraba que eran “gustos extraños y extravagantes” de su hija.

A Mirabelle todo en aquel pueblo le daba igual, ya se había acostumbrado a sus críticas, a su cinismo y a sus miradas de reproche.

Se encontraba mirando una de las despensas cuando escuchó la voz de su madre que se dirigía a ella con cierto tono de indiferencia:

- Buenos días Mirabelle. Hoy has dormido hasta tarde. ¿Anoche no pudiste conciliar el sueño bien o acaso te acostaste demasiado tarde?

En esta última pregunta le había parecido percibir algo de sorna en la voz de su madre.

- Me acosté tarde. Solo eso.

- ¿Solo te acostaste tarde? – La voz de su madre comenzaba a elevarse. – Esta mañana entré en tu dormitorio para despertarte a la hora habitual y encontré tu espejo en el suelo, estaba roto y no de los trozos se encontraba manchado de sangre ya seca. ¿Por qué no quieres contarme qué ha pasado?

- Anoche no me sentía bien, ¿vale? – Contestó Mirabelle, que ya empezaba a cansarse del súbito interés de su madre.- Al coger el espejo se deslizó entre mis manos y al instante estaba en el suelo, hecho añicos.

- ¿ Y qué me dices de ese corte en la cara?

Sólo cuando su madre se lo recordó, le volvió a la mente el corte que había recibido en la mejilla. Había estado tan ensimismada pensando en una escusa para el espejo que no había recordado la herida.

- Eh… - Titubeó. No sabía qué escusa podía inventarse. Se sentía atrapada.- Es un simple corte. No tiene mayor problema. Al intentar recoger los trozos del espejo me corté con uno. Me sentía algo confusa y no me percaté de que yo misma me estaba acercando uno de los trozos del espejo roto a la cara.

- Déjame ver. - Se acercó a su rostro y observó la herida mientras le acariciaba la mejilla con las yemas de los dedos humedecidos por el agua. – Parece que no ha sido un corte muy profundo. No hay razón por la que alarmarse.

Mirabelle volvió nuevamente su atención a los alimentos que había en la despensa, cogió una manzana y salió de la cocina.

No le apetecía hablar con nadie así que se dirigió a su dormitorio. Al entrar cerró la puerta tras de si y se quedó inmóvil, apoyada contra la puerta, inmersa en sus pensamientos, mirando hacia la ventana que permanecía cerrada, aquella ventana por la que había entrado la criatura.

sábado 25 de abril de 2009

Labios de sangre I


La noche ya había caído. Un velo de niebla fría daba al lugar una falsa luz, cubriendo la luna y las estrellas brillantes en un cielo negro. Era noche de luna llena, una noche oscura a pesar de esto. Todo estaba en silencio, el mundo parecía dormir en un sueño tranquilo.

Pero esta tranquilidad no era tal. Se respiraba miedo y sangre en el aire cargado. Las brujas se reunían en oscuros aquelarres escondidos en lúgubres claros del bosque. La "cabra de la muerte" parecía llorar como un gato en lo alto de un árbol muerto. Las ánimas de la "Santa Compañía" vagaban en silenciosas procesiones fúnebres por los cruceros* de piedra. Los lobos aullaban rompiendo el silencio nocturno, haciendo un eco sordo en los montes ocultos.

Extrañas sombras de criaturas funestas parecían saltar sobre los tejados de las casas de la aldea. El aspecto gótico del lugar era debido al atraso de aquella gente respecto a las ciudades o villas más próximas, que de cualquier manera se encontraban lejos. La situación de aquellos habitantes era tan alejada de los avances de la sociedad, que todo se mantenía igual que en épocas pasadas.

Una espesa bruma recorría toda la aldea, y se colaba en las casas por debajo de las puertas; la luna era opaca esa noche; todo ese escenario parecía sacado de algún cuento de miedo...

Mirabelle se asomó a la ventana cuando ya no aguantaba más tiempo en la cama dando vueltas sin poder dormir. No le gustó lo que vio allí fuera, un escalofrío le recorrió el cuerpo y erizó el vello de sus brazos. Tuvo el impulso de abrir el cristal. Sintió terror cuando respiró el aire que olía a muerte cercana.

Un extraño personaje de largo abrigo negro estaba sentado en el tejado frente a la casa de Mirabelle. La muchacha distinguió unos cabellos de negro y azabache que llegaban más abajo de los hombros de aquel extraño. La pálida luz de la luna no le mostraba nada más, sólo aquella melena oscura y el perfil de un ser atractivo con una gran carga erótica y simbólica en su presencia.

La joven pensó que sería mejor cerrar la ventana y acostarse de nuevo... tal vez sus ojos la engañaban, o quizás soñase despierta... pero, ¿quién era aquel extraño, y que hacía en el tejado a aquellas horas de la madrugada? Fuese como fuese, absorta como estaba en sus pensamientos, no le dio tiempo a reaccionar cuando la sorprendió aquel diablo sofisticado y seductor.

La observaba desde el alféizar de la ventana. Mirabelle no se percataba de que él la llevaba observando varios minutos y se preguntaba como había llegado allí... no encontró explicación. Parecía un joven como cualquier otro, pero no era tan así. Sus ojos azules, fríos y punzantes estaban clavados en ella con una mirada impía. La muchacha reparó en unas venas azules que se dibujaban en su rostro pálido. Otras venas rojas tornaban aquellos ojos de hielo en un infierno sangriento. Las pálidas mejillas contrastaban con sus labios amoratados, una dulce boca de sabor amargo. Sonrió en cuanto la joven se paralizó ante atractiva imagen. Era una sonrisa sin escrúpulos, en la que relucían unos caninos amarillos muy afilados. Un hilillo rojo se escapó de su boca, sangre caliente que hirvió en los labios de aquella criatura.

Mirabelle paralizada, no sabía que hacer. Tenía miedo de aquel ser extravagante que no dejaba de sonreír y observarla; y ella estaba tan asustada que lo único que pudo hacer fue llorar. Una lágrima bajó hasta la comisura de su boca. El vampiro acercó una mano, con largas uñas viejas, hasta el rostro de la muchacha. La acarició y enjugó sus lágrimas.

La joven ya no sentía terror. Lo miró a los ojos y sintió que realmente no quería escapar; la mirada seductora y fija la tenía hipnotizada. Así quietos, en silencio, permanecieron unos minutos que fueron eternidades, una tras otra. Ella pareció confiar ahora en aquella criatura de la oscuridad. Pero la tranquilidad que sintió aquel instante se vio interrumpida por la sensación de sed del vampiro. Le echó las garras encima y la muchacha consiguió esquivarlas. Aquel demonio perdió el equilibrio y cayó dentro de la habitación, de rodillas ante la asustada Mirabelle. Se descontroló y se llenó de furia... la atacó sin piedad saltando sobre ella, necesitaba su sangre para vivir aquella noche y no le quedaba mucho tiempo antes del amanecer.

La persiguió por todo el cuarto. Ella consiguió llegar a la puerta y quiso abrirla, pero el vampiro saltó de nuevo sobre ella y se lo impidió. La joven corrió dando vueltas con aquel ser a sus espaldas, muy cerca. Tropezó y tiró un espejo al suelo que rompió en pedazos. Mirabelle cogió uno de aquellos cristales y se enfrentó a su miedo.

Ya no había escapatoria: era luchar con una oportunidad de conseguir escapar, o abandonar toda posibilidad. Uno frente a otro, una mirada rabiosa y depravada ante otra asustada y temerosa.

El vampiro la atacó y clavó sus uñas en el rostro de ella, dejándole una herida profunda. Mirabelle no quería morir. Remitió contra él. Le hincó el cristal en el pecho y le atravesó el corazón. La criatura profirió un grito ensordecedor de agonía, signo de pesar y liberación al mismo tiempo. Su alma se liberó. Gran cantidad de sangre salió de su pecho y su boca.

Mirabelle recordó entonces unos versos que había leído en algún libro del desván, y los modificó para la ocasión:

"Sí, te he querido como nunca. ¿Por qué besar tus labios de sangre, si se sabe que la muerte está próxima?"

El cadáver se convirtió en polvo. Entre unas pocas cenizas negras que quedaron, la joven encontró una cadena y una placa, ambas de oro. En ella leyó un nombre con un apellido: Kenneth McCormick. Recordó entonces la antigua leyenda del castillo en la ladera norte de la montaña. Amanecía cuando se acercó de nuevo a la ventana, con las cenizas envueltas en un pañuelo de seda. Las echó al viento y pareció formarse un remolino en el que Mirabelle pudo ver el rostro de Sir Kenneth. Puso la cadena al cuello y la apretó contra el pecho.

Se sintió feliz.

La herida de la cara pareció hervir en aquel momento. Un hilo de sangre goteó en su camisón.

 
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