Mirabelle abrió la puerta. Una pequeña escalera que conducía a las entrañas del castillo se presentaba ante ella.
Todo era oscuridad, no sabía si su antorcha aguantaría mucho más tiempo encendida.
No se lo planteó dos veces. Si había conseguido llegar hasta allí no podía darse la vuelta ahora.
Comenzó a descender con cautela y llegó al último escalón sin que eso supusiese cambio alguno a su alrededor.
La antorcha iluminaba ténuemente y Mirabelle pensó que no duraría mucho tiempo.
Inició su recorrido por el estrecho pasillo que se abría a su izquierda. Encontró más escaleras a su derecha que descendían aún más pero algo le decía en su interior que debía seguir adelante.
Ya casi extinta su única fuente de luz, vislumbró una puerta diferente a las demás aunque por su tamaño pareciese normal, la madera era de color muy oscuro y un intrincado dibujo ocupaba toda su superficie. Aquello le trajo a la memoria la llave que aún seguía guardada en su bolsillo.
Buscó dentro y la observó.
Por fin había encontrado la puerta que tanto ansiaba hallar, por fin la tenía frente a ella. Ahora no podía dudar.
Introdujo la llave en la cerradura, esta giró con facilidad y abrió la puerta.
Una estancia iluminada con velas y pequeñas lamparillas de aceite se extendía ante su mirada.
Techos altos, alfombras con ricos dibujos aunque de oscuros colores, muebles ostentosamente adornados con tallas que semejaban bellas obras de arte. Todo parecía sacado de épocas pasadas, era al mismo tiempo decadente y hermoso.
Mirabelle avanzó por la estancia y depositó su antorcha sobre una de las pequeñas mesas que se encontraban que se encontraban más cerca de sí.
Se aproximó a las altas estanterías y allí observó libros que nunca hubiese imaginado que podría llegar a ver. Desde antiguos tratados clásicos procedentes de eruditos de Grecia y Roma hasta las más modernas novelas de literatura que abarcaban todos los géneros posibles, pasando por libros escritos en todas y cada una de las épocas históricas conocidas a lo largo de todo el mundo, Europa, Asia, América, África y Oceanía.
Sus ojos no dejaban de mirar aquí y allá, intentando absorber cada imagen que se le presentaba.
Todo era tan... bello y al mismo tiempo mostraba una soledad abrumadora.
Mirabelle intentó imaginar cuánto tiempo habría podido pasar Sr. Kenneth, su apuesto vampiro, allí encerrado, en la soledad de las frías entrañas del castillo, huyendo de la fatídica luz del día esperando que el oscuro manto de la noche lo arropase todo para poder salir al mundo exterior. No podía evitar pensar que aquel ser maravilloso que ella intentaba encontrar era un asesino, aunque en su mente trataba de excusarlo argumentando que necesitaba matar, que necesitaba la sangre de sus víctimas para sobrevivir, al igual que los seres humanos matamos a los animales para extraer de ellos el alimento necesario.
Sr. Kenneth le había indicado en su carta que todo aquello le pertenecía pero el interés de la chica se centraba en ese momento en buscar un inicio de su paradero, necesitaba encontrarlo, costase lo que costase.
No había nada a la vista que llamara su atención en cuanto al paradero del vampiro, así que su lógica la llevo al escritorio.
Sobre la antigua mesa labrada no había absolutamente nada.
Sólo un tintero abierto y una pluma manchada con tinta que había dejado su marca en la madera.
Observó los cajones y uno de ellos le llamó poderosamente la atención.
En la parte superior de la cerradura, grabado en la madera, se encontraba el mismo símbolo que se hallaba grabado en la puerta de entrada.
Intentó abrir el cajón sin lograrlo por lo que cogió la llave y la introdujo en la cerradura. Esta giró con facilidad y el cajón se abrió mostrando lo que con tanto celo guardaba.
Mirabelle miró su intenrior.
Depositado sobre un fondo de terciopelo rojo se encontraba un libro. Un hermoso libro de encuadernación sobria.
La joven miró aquel objeto que sostenía entre sus manos como si de un tesoro de valor incalculable se tratase. En ese libro estaban las respuestas que tanto ansiaba.
